Recuerde: el arte de escuchar se adquiere. Debe enseñarse, cultivarse, gradualmente. No se adquiere de la noche a la mañana.
Dé a sus oyentes unos minutos para que se relajen y estén en disposición mental y física de oír la historia. Si está leyendo una novela pregunte qué ocurría en ella al final de la sesión anterior. El estado de ánimo es un factor importante al escuchar. Un autoritario “¡Paren ya y cálmense! ¡Siéntense derechos! ¡Pongan atención!” creará una atmósfera poco receptiva.
Dé tiempo para conversar sobre la lectura una vez haya acabado de leer, tanto en casa como en clase. Un libro suscita pensamientos, esperanzas, miedos y descubrimientos. Permita que afloren y ayude al niño a que los maneje a través de expresiones verbales, escritas o artísticas, si el niño se inclina a hacerlo. No convierta estas discusiones en exámenes ni obligue a los niños a que den su propia interpretación de la historia.
Disponga un momento del día, ya sea en el hogar o en la clase, para que el niño lea por sí mismo (incluso si para él “leer” sólo significa pasar las páginas y ver las ilustraciones). Todo el estímulo de su lectura en voz alta se echará a perder si el niño no tiene tiempo disponible para practicar.
No lea historias que usted no disfrute. Su disgusto podría ser notorio y afectar su propósito.