Leer en la biblioteca Testimonios
¿Qué significa acompañar la lectura


Por: Galia Ospina Villalba

 

Una primera respuesta puede encontrarse en los registros de observación de Galia Ospina Villalba, acompañante de lectura en la Biblioteca Pública Servitá, de Bogotá, de donde hemos tomado algunos fragmentos.

Fecha: Sábado 5 de junio/2004
Primera sesión: Diagnóstico de la biblioteca

En la Sala General de la Biblioteca Pública Servitá empecé a realizar un diagnóstico de las colecciones existentes, las carencias y las características primordiales del centro comunitario con la valiosa ayuda de Mónica Ortiz (encargada de la Sala General) y Joaquín Gutiérrez (Coordinador General de la Biblioteca). A este Centro Comunitario acuden personas de todos los estratos sociales, entre ellos, niños del Bienestar Social, adultos del Hospital Psiquiátrico, discapacitados y alumnos de los colegios distritales de la zona. Me comentaba Joaquín que algunos niños vienen del cerro. Cuando hace mucho frío o la montaña está llena de lodo, sus padres prefieren que no salgan al centro comunitario para prevenirlos de un accidente o una gripa.

Fecha: Sábado 19 de junio/2004
Participantes: 11 (1 adulto y 10 niños)
Familias: Una presente y una nueva inscripción

Dispuse los cojines formando un círculo sobre la alfombra, y en el centro coloqué una buena selección de libros de diversa índole (caricaturas, clásicos, álbumes, poesía, fábula y leyendas). Los niños de las mesas vecinas fueron acercándose y empezaron a hojear algunos libros con una tímida curiosidad. Les dije que cada quince días vendría para compartir bellas lecturas en voz alta y los incentivé para que vinieran la próxima vez acompañados por sus padres.

Les mostré una selección de cinco libros ( Siete ratones ciegos de Ed Young, Donde hay un oso hay un problema... de Michael Catchpool, La estupenda mamá de Roberta de Rosemary Wells, Y tú ¿cómo te llamas? de Daniel Nesquens y Lobo de Olivier Douzou). Daniel, de diez años, señaló el álbum de Ed Young, pero por mayoría de votos ganó La estupenda mamá de Roberta . Durante la lectura todos permanecieron muy atentos. Les hice varias preguntas de predicción acerca de la historia. Algunos respondían con evidente timidez, y otros preferían guardar silencio. A mi lado noté la inquieta presencia de Brandon, un niño de ocho años que prefería leer otras historias por su cuenta. Probablemente ya se encuentre en la segunda etapa de la lectura de la que habla Yolanda Reyes en su artículo “Nidos para la lectura”. A Brandon le gusta acercarse a los libros sin que nadie se los señale. Él quiere aventurarse por esta selva libresca y descubrir sus tesoros personales en la intimidad de su propio espacio de lectura.

Me alegré al ver llegar a una madre (Cecilia) con su hijo (Andrés) de cuatro años. Como estábamos a mitad de la lectura de La estupenda mamá de Roberta le pedí al grupo que me ayudara a relatarle a Andrés lo que habíamos leído hasta el momento. Daniel me sorprendió con una precisa y coherente narración de la historia a medida que yo iba repasando las ilustraciones.

***

Aproveché para leerles Vamos a cazar un oso . Noté mucha timidez en el momento de emitir los sonidos onomatopéyicos del pantano, el río, el viento, etc. Andrés sólo miraba los libros por un instante, y luego desviaba su cabeza para otro lado. A todas las preguntas que le hacía me respondía: “Sí”. Ese fue el único monosílabo que le escuché durante toda la sesión.

Hacia el final de la mañana los niños leyeron por su cuenta. Aproveché para entablar un diálogo más personal con cada uno, anotando sus nombres en mi cuaderno y preguntándoles sus preferencias lectoras. Todos los niños coincidieron en que les había encantado el libro Las plumas del dragón, de Arnica Esterl, que les había leído Marina Ramos, la coordinadora de la Sala Infantil, el día anterior. Les encantaba que anotara sus nombres y los títulos de sus lecturas en mi cuaderno. La letra guarda el recuerdo dándole protagonismo y haciéndolo duradero en el tiempo.

Al salir me encontré con Daniel y su madre. Ella tenía una mirada muy dulce y serena. Estaba muy agradecida porque su hijo le comentó que en la Biblioteca le habían leído muchos cuentos y que cada quince días vendría una joven alta a leerles historias por un rato bien largo. Entretanto, Daniel escogió una arepa de maíz, la envolvió en una servilleta guardándola en una bolsa plástica azul, y me la regaló. Fue un gesto muy bello y generoso que me conmovió. Es aquí, cuando percibo en una forma más visible, los efectos de un momento compartido en la intimidad y el abrazo de los libros.

Fecha: Sábado 10 de julio/2004
Participantes: 22 (9 adultos y 13 niños)
Familias: 7

Paula Andrea, de siete años, llegó acompañada por su amiga Daniela, de ocho. Las niñas contemplaban atentamente la expresión de mi rostro al leerles en voz alta y sonreían al escuchar las distintas voces que le hacía a cada personaje.

El grupo creció con la llegada de Daniel y de Cecilia y su hijo Andrés, quienes habían participado activamente en la primera sesión del Programa. Aproveché para leerles The very busy spider de Eric Carle. El tono rítmico y sonoro del inglés cautivaba la atención de padres y niños, y convertía el texto en una canción con evidentes recurrencias e ingeniosos giros. Les leí primero un párrafo en inglés para luego traducirlo inmediatamente al español. Los niños se acercaban a la ilustración para tocar con la yema de sus dedos el delicado hilo de seda que iba tejiendo la atareada araña. He notado en los niños una especial preferencia por los libros que muestran texturas en sus páginas. Daniel tejió hermosos símiles con las arañas que había visto en el campo y los insectos que no cesaban de rondar las flores. Para él las palabras tienen referentes cercanos. Huelen a trigo, a hierba o maíz. Él lee también ese libro de la naturaleza pleno de misterios y transformadores encantos.

Fecha: Sábado 24 de julio/2004
Participantes: 22 (4 adultos y 18 niños)
Familias: 4

Los invité a formar un círculo y, entre todos, colocamos los libros en el centro. Luego nos quitamos los zapatos, y empecé a sentir la importancia de los pasos previos a la lectura. Esta espera ayuda a crear una atmósfera de disponibilidad y escucha. Los rituales son importantes para entrar en la dinámica de otro tiempo distinto al de las exigencias escolares, y más próximo al ámbito de la intimidad donde empiezan a surgir las complicidades y la gratuidad de los gestos.

Me encontraba bastante relajada, tenía grandes deseos de leer en voz alta, y me sentía feliz de sentirme tan bien acompañada. Me di cuenta que entre más pequeña me hiciera más fácil sería llegar al genuino encuentro con los niños. Saqué de mi bolsa de mago tres cuentos: Arturo y Clementina , de Adela Turin y Nella Bosnia, Siempre te querré, de Debi Gliori, y Caperucita Roja , con las ilustraciones de Eric Battut.

… El círculo se fue estrechando cada vez más. Natalia buscaba nuevos libros en el centro del tapete, Daniel miraba los títulos que guardaba en mi bolsa y Fredy revoloteaba como una mariposa. Daniela propuso que leyéramos adivinanzas. Tomé el libro de Las 323 adivinanzas más famosas , ilustrado por J. López Ramón, y durante un largo y divertido rato les propuse acertijos para que los adivinaran. Los niños se fueron acercando cada vez más para pescar la ilustración que escondía la respuesta. Fredy, como era el más pequeño, logró escabullirse entre mis largos brazos para espiar las respuestas. Continuamos leyendo sin parar. Los niños pedían: “¡Otro!, ¡Leamos otro!, ¡Este!, ¡No, mejor este!, ¡Y después aquel!”.

El tiempo pasó como un soplo. Era la una de tarde y ya iban a cerrar la biblioteca. Daniel, como siempre, fue el último en marcharse.

Salí del centro comunitario con una sensación muy grata. El acto de compartir la lectura en voz alta teje vínculos de afecto, y un archipiélago de imágenes, gestos y voces que empiezan a ser parte de ese gran “libro interior” que se va construyendo a punta de experiencias; donde la brevedad queda resonando adentro como una música lejana y a la vez actual.

Fecha: Sábado 28 de agosto/2004
Participantes: 21 (7 adultos y 14 niños)
Familias: 5.

Al llegar a la Sala Infantil reencontré rostros familiares y había algunos niños y sus padres recostados sobre la alfombra hojeando libros y esperando el comienzo de la actividad. El ritual de reunirse alrededor del fuego de la lectura comienza a afianzarse. Los niños esperan y, en el silencio previo, me ayudan a sacar libros de los estantes. Jairo, quien había asistido a la sesión anterior, dice: “Ya leímos todo Anthony Browne. ¿Qué tal este?: Las plumas de dragón , parece bueno”. Los niños eligen los formatos grandes y las ilustraciones de colores llamativos y vibrantes. Después de quitarnos los zapatos, extraigo de mi morral amarillo tres títulos: Sueños de colores. Sueña con Maisy, ¡Vamos Maisy, vamos! y Mi papá , este de Anthony Browne. La ganadora indiscutible es la ratoncita blanca. Daniel, Cristian y Leonardo ya habían escuchado otro cuento de Maisy en la sesión pasada y reconocen los nombres de los personajes. Al mostrarles la ardilla marrón, murmuran en coro: “¡Es Flor!”. La memoria está unida a los afectos. Se recuerda con nitidez el instante placentero de la lectura. Los personajes empiezan a dejar de ser ilustraciones externas para habitar el mundo de adentro, que se va ensanchando con las experiencias vividas.

Fecha: Sábado 25 de septiembre/2004
Participantes: 26 (3 adultos y 23 niños)
Familias: 3

Apresuradamente llegó Leila, una gran lectora de ocho años, que me había acompañado toda la sesión del 11 de septiembre. También arribaron a la Sala nuevos niños atraídos por la fuerza de este círculo de voces y entusiasmos. David y Giovanni, dos gemelos de siete años, se hicieron a mi lado; Esteban, también de siete y Juan, de seis, se acomodaron apretadamente junto a los otros niños.

Continuamos con la lectura de 22 Huérfanos . Las ilustraciones abigarradas de detalles reveladores los obligaban a acercarse al libro y a señalarlas con los dedos. En el momento en que la directora los lleva a acostar y los niños “extrañan aquellos días en que podían deslizarse por los barandales y columpiarse desde los balcones”, Leila dijo:

–Pero todavía pueden jugar. Podrían amarrar las sábanas a la cama y deslizarse por ahí. Yo sí podría seguir jugando.

–Con esa imaginación llegarás muy lejos –le dije con una sonrisa.

Leila me miró a los ojos con agradecimiento, y supe en ese instante que ya había empezado a tejerse una conexión especial entre las dos.

Cuando les mostré a los niños que las sábanas eran iguales a la piel del elefante, todos exclamaron alborozadamente:

–¡Son los niños disfrazados de elefantes!

En la sala alterna a la Sala Infantil se iba a iniciar la proyección de la película El Rey León. Al enterarse del evento, todos los niños se fueron, con excepción de Leila:

–Yo prefiero que me sigas leyendo.

–Voy a dedicarme completamente a ti. ¿Qué libro quieres?

–Saca otro de los que guardas en la maleta amarilla.

–Este te va gustar mucho. Se llama Los cinco horribles , de Wolf Erlbruch.

Cuando el sapo sonríe en compañía de la rata, el murciélago y la hiena, Leila dijo:

–¡Mira! Ahora el sapo tiene menos verrugas. Ya no se ve tan feo.

Su respuesta me pareció absolutamente encantadora.

Un nuevo padre llegó a la sala, Alejandro, con su hijo Sergio, de cuatro años. Sergio estaba muy disgustado. Se negaba a mirar a su padre a los ojos y apretaba el rostro como un puño. Alejandro trataba de calmarlo (“Mira ese dibujo tan hermoso”) pero él no quería alzar la cabeza. Le pregunté qué libro de los que estaban en el centro le gustaría escuchar, y señaló Willy el tímido , de Anthony Browne. Seguía bravo, pero a medida que íbamos recorriendo el libro juntos, su rostro se fue transformando hasta estallar en una sola risa. Seguimos con Gorila y El Túnel del mismo autor.

Leila me pidió que le leyera Peluso está muy ocupado, de Steve Levis. En ese momento retornaron de la película Estaban y Juan Sebastián para continuar con la lectura. Todos los niños coincidieron en que Peluso en realidad no hacía casi nada: sólo bañarse, cepillarse los dientes, hacer la siesta y comer. Alejandro dijo: “Ojalá la vida fuera como la de Peluso.”

Fecha: Sábado 23 de octubre/2004
Participantes: 14 (2 adultos y 12 niños)
Familias: 2

Subo a la Sala Infantil y reencuentro a David, acompañado por Johan y Edwin, sus inquietos hermanos. Los invito a sacar libros de los estantes. Empiezan a reconocer autores como Anthony Browne e Ivar Da Coll. La zona de la imaginación se va ensanchando, y me reconforta constatar que ese libro interior va siendo habitado por nuevas voces que nos ayudan a suspender la incredulidad y la falta de fe poética.

***

Les digo que les traigo un cuento llamado “Matrioska” con una sorpresa que les revelaré al final de la historia. Aunque la historia es larga, todos permanecen atentos hasta el final.

–¿Ustedes creen que las matrioskas todavía existen? –les pregunto.

–No, yo no creo –responde David.

–Pues mira esta matrioska.

Los gemelos abren los ojos sorprendidos, y empiezan a investigar.

–Se puede abrir. ¡Mira!

–¿Quién es la mayor?

–¡Matrioska! –responden todos en coro.

–¿Y quién la sigue?

–Trioska –responden todos.

–¿Y después?

–Oska

–¿Y luego?

–Ka

–¿Y después?

–¿A?

–Sí, llamémosla “A”.

–¿Y a esta chiquitina que nombre le pondremos?

–Mini A –responde David con entusiasmo.

–Bueno, ahora digamos los nombres desde la más pequeña hasta la más grande.

Lentamente van recordando y guardando las muñequitas dentro de las muñecas más grandes:

–Mini A... A... Ka... Oska... Trioska...y... ¡Matrioska!

David se despide con sus hermanos y me da las gracias. En ese momento llega Leila y me saluda efusivamente.

Esteban empieza a llorar. Son las 12:15 p.m. Su madre me dice que ya debe tener hambre. Leila coloca en mis manos El perro y el gato , de David Lloyd. Empiezo a leerlo. Esteban se para en frente del libro y tímidamente sus lágrimas se van tornando en sonrisas. La lectura lo calma hasta suavizar su rostro.

Leila tiene su cabeza apoyada en el colchón mullido de mis pies. Nicolás me pregunta:

–¿Ella es tu hija?

–(Sonrío) No, es una gran amiga. Se llama Leila.

–¿Tienes hijos? –me pregunta Jazmín.

–(Sonrío de nuevo) No, ni siquiera tengo novio.

Ahora es Jazmín quien sonríe. Me dice que tiene que alimentar a su bebé y se despide con un sentimiento de profundo agradecimiento.

Lina, la madre de Leila, llega a la sala infantil después de su clase de piscina. Aprovecho para leerles Matrioska . La historia les encanta.

–Yo tengo un tío que estudió en Rusia y en la casa tenemos tres matrioskas más grandes que la tuya –dice Leila.

Salimos todas juntas, mientras Leila va repasando al derecho y al revés los distintos nombres de las muñecas rusas.